—Khloe —dijo Aiden—, sé que en realidad no me amas. A tus ojos, solo soy un trampolín. Pero, como dice esa vieja canción de Monkey: “Yo… yo… yo… yo… no soy tu trampolín”.
Antes de que Khloe pudiera siquiera pensar en una respuesta, Aiden colgó el teléfono.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro mientras se deslizaba por la pared y caía sentada en el suelo. Empezó a sollozar, pero al cabo de un rato, sus llantos se transformaron en carcajadas maniáticas. Su carrera estaba arruinada. Su s