En algún punto de la noche caímos rendidos en la sala luego de hablar por muchísimas horas.
Era la primera vez en mucho tiempo que hablaba con alguien hasta decir basta y sentirme bien conmigo misma.
Al día siguiente, cuando desperté, me encontré con una bandeja a los pies de mi cama con el desayuno listo y a Alessandro esperando pacientemente a que yo despertara.
Ni siquiera recordaba haber ido a dormir a mi habitación.
—Buongiorno bellezza—le oí saludarme en italiano con voz melosa y dulce.