Corrí por el pasillo, angustiada porque no tenía dinero para ir a casa y en cuanto encontré la salida al estacionamiento, tropecé con mis propios pies, dando traspiés y estuve a nada de caer de cara al frío y húmedo asfalto, de no ser por unas manos gentiles que me atraparon justo a tiempo.
—Gracias—dije, abrumada, acomodándome el pijama.
—Es un placer ayudarte de nuevo.
Alcé la cara y vi al joven y sexy desconocido sonriéndome.
—De verdad siento que continúes presenciando mis torpezas y mala