Tuve suerte de que William Flynn se hubiese acercado a su padre, que estaba en la cocina fisgoneando la nevera. Llegué a mi habitación y cerré con pestillo.
Sentándome al borde de la cama, me recosté poco a poco entre las sábanas. No pasó ni cinco minutos, cuando Barnaby fue a buscarme. Llamó a la puerta con sutileza, con leves golpecitos.
Abrumada, le abrí y horrorizada, le cerré la puerta en la cara a William Flynn.
¿Por qué no dejaba de acosarme?
—Abre la puerta. No pienso hacerte daño—prome