Mundo ficciónIniciar sesiónAngelina permaneció inmóvil en su lugar.
Durante unos segundos, dejó de escuchar todo lo que ocurría a su alrededor.
Las voces de los invitados, las risas, el sonido de las copas chocando entre sí... todo parecía estar muy lejos.
Poco a poco, la gala continuó.
Las conversaciones volvieron a llenar la sala, pero las miradas seguían dirigidas hacia ella.
Algunas personas la observaban con curiosidad.
Otras parecían haber sacado ya sus propias conclusiones.
Angelina sentía que estaba completamente sola en medio de aquella multitud.
Como si nunca hubiera pertenecido a ese lugar.
Frente a ella, Camille mantenía una sonrisa dulce e inocente que hacía aún más difícil descubrir sus verdaderas intenciones.
—Disculpe —dijo mientras miraba a Angelina con una expresión de sorpresa fingida—. De verdad pensé que usted trabajaba para el señor Wilson.
Algunas personas alrededor intercambiaron miradas divertidas.
Incluso se escuchó una pequeña risa entre los invitados.
Angelina sintió cómo el calor subía hasta sus mejillas.
Quería desaparecer.
Pero se mantuvo firme.
Porque en ese momento solo había una persona cuya reacción le importaba.
Jordan.
Esperaba que hablara.
Esperaba que detuviera aquella escena.
Que dijera simplemente:
«Es mi esposa».
Solo tres palabras.
Tres palabras habrían sido suficientes para acabar con aquella humillación.
Pero Jordan no dijo nada.
Ni una sola vez abrió la boca para defenderla.
Su expresión permaneció fría y distante.
Como si todo aquello no tuviera nada que ver con él.
Esa indiferencia dolió más a Angelina que las propias palabras de Camille.
Sintió cómo su corazón se rompía lentamente.
Camille, en cambio, parecía completamente cómoda.
Se acercó a Jordan con una confianza que no pasó desapercibida para nadie.
—Los organizadores me colocaron en la mesa justo al lado de la tuya —dijo con una sonrisa divertida—. Qué coincidencia tan curiosa, ¿no crees?
Jordan la miró sin mostrar ninguna emoción.
—Lo veremos más tarde.
Su respuesta fue fría, pero tampoco se alejó de ella.
Antes de que pudieran intercambiar otra palabra, el presidente de la Cámara de Comercio subió al escenario.
—¡Damas y caballeros, bienvenidos a nuestra gala anual!
Los aplausos llenaron inmediatamente el salón.
Los invitados comenzaron a dirigirse hacia sus mesas.
Jordan avanzó sin esperar a Angelina.
Ella permaneció unos segundos detrás de él antes de seguirlo.
El sonido de sus tacones resonaba sobre el brillante suelo del salón.
Cada paso parecía más pesado que el anterior.
Cuando llegaron a su mesa, Angelina se detuvo de golpe.
Solo había dos tarjetas colocadas sobre los asientos.
Dos nombres.
Jordan Wilson.
Camille Laurent.
Su expresión cambió ligeramente.
—Debe haber un error...
Su voz salió baja, casi insegura.
No tuvo tiempo de terminar la frase cuando un miembro del personal se acercó.
—Buenas noches, señora. ¿Podría decirme su nombre para verificar su lugar?
Angelina abrió ligeramente los labios.
Pero antes de que pudiera responder, Jordan habló.
—Ella está conmigo.
El empleado asintió y revisó rápidamente la lista.
Unos segundos después, su rostro mostró incomodidad.
—Lo siento, señor Wilson... pero no hay ningún asiento registrado a su nombre.
Un silencio incómodo se extendió alrededor de ellos.
Angelina miró las dos tarjetas sobre la mesa.
Su nombre no aparecía en ninguna parte.
Ni siquiera tenía un lugar reservado.
A su lado, Camille bajó ligeramente la mirada para esconder la sonrisa satisfecha que comenzaba a aparecer en sus labios.
Todo estaba ocurriendo exactamente como lo había planeado.
Angelina lo entendió de inmediato.
Aquello no era un simple error.
Alguien había eliminado deliberadamente su nombre de la lista de invitados.
Alguien había querido recordarle, delante de toda la élite británica, que ella no era nadie.
Sus dedos se cerraron lentamente.
Sus uñas se clavaron ligeramente en la palma de su mano.
En el pasado, habría llorado.
Habría buscado una excusa para proteger a Jordan.
Habría intentado una vez más salvar la imagen de su matrimonio.
Pero esta vez...
Algo dentro de ella había cambiado.
Levantó lentamente la cabeza.
No.
No permitiría que nadie volviera a humillarla de esa manera.
Nunca más.
Y sobre todo...
Ya no volvería a llorar.







