La llave de Chris giró en la cerradura más tarde de lo habitual. El apartamento olía ligeramente a lavanda por la vela que Mia había dejado encendida, proyectando sombras vacilantes en las paredes. Se detuvo en la puerta, con el abrigo a medio quitar y los zapatos sin desatar. La tensión lo seguía como una sombra, apretando sus hombros, oprimiendo su pecho.
Mia estaba en la encimera de la cocina, apoyada en un codo, con una copa de vino tinto en la mano. Levantó la vista sin ponerse de pie, los