Allen notó el silencio primero.
No el silencio de la oficina —la Torre Hale nunca estaba en silencio—, sino el que se asentaba dentro de él cuando los números dejaban de comportarse como debían. Se quedó de pie junto a la pared de cristal de su oficina, la ciudad extendiéndose debajo como un mapa vivo, y sintió su vibración contra la piel.
Se volvió hacia el escritorio.
Los informes lo esperaban. Pacientes. Inocentes en apariencia.
Tomó uno y lo leyó de nuevo.
Luego otra vez.
Sus dedos se tensa