Entro en la ducha y la agarro del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás. Aprieto su cuello con la otra mano, sintiendo su pulso acelerado bajo mis dedos.
—Sé muy bien que no tuviste la culpa —digo, con la voz ronca, cerca de su oído. —Pero escúchame bien: no soy un payaso ni un idiota. Te liberé un día, mira lo que pasó. Así que te prohíbo salir con esas dos zorras. Si quieres, pueden venir aquí. Todo bien. Pero salir, no quiero saber nada más. Si me desobedeces, Isabella, te voy a romper a