—No, por favor, no hagas nada —pide ella, con la voz preocupada.
—No. Va a implorar que lo mate rápido. Voy a divertirme viéndolo morir lentamente —digo, con una sonrisa siniestra.
—No hagas eso —insiste ella, con la voz entrecortada.
—¿Por qué? ¿Sientes algo por él? —pregunto, con la voz gélida.
—No, nunca. Solo no quiero ser culpable de una muerte —responde ella, con la voz temblorosa. Es demasiado buena.
—Vale. Isabella, respóndeme una cosa. Mírame a los ojos —pido, girándola hacia mí.