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Salgo del cuartel, conduciendo lentamente por las calles desiertas de la ciudad. Rodrigo se relaja en el asiento del pasajero, cerrando los ojos. El cansancio lo ha vencido.
—¿Cansado, Rodrigo? —pregunto, con un tono de voz calmado.
—Como un perro —responde él, con la voz arrastrada. —Pero valió la pena. Una victoria más es una victoria.
—Es verdad —asiento con una sonrisa.
Conduzco en silencio, perdido en mis pensamientos. La ciudad duerme, ajena a los peligros que la acechan.
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Mientras