—Mi fresita... Nunca se acabó, y nunca se va a acabar. Yo no lo permito —susurro, con la voz ronca y posesiva, la promesa de un paraíso de placer y obsesión. —Eres mía, Alice. Lo sabes. Te vas a ir, sí, pero te vas conmigo. Deja de luchar contra lo inevitable, acepta tu destino.
Observo el miedo en sus ojos, la incertidumbre en sus gestos. Pero detrás de la fragilidad, vislumbro la llama de la pasión, el deseo incontrolable que la consume por dentro. Sé que me quiere, sé que anhela por mí tant