No hay huida. No hay escapatoria.
Cruzo la calle con pasos lentos, como si caminara hacia el cadalso. Él baja del coche y me mira con esa mirada intensa que siempre me desarma.
—Hola, mi fresita —dice él, con voz suave.
—¿Qué quieres, Davi? —pregunto, con voz fría.
—Solo quiero verte. Hablar un poco.
—Ya hemos hablado suficiente. No tengo nada más que decirte.
Él da un paso hacia mí.
—Mentira. Tienes mucho que decirme. Y yo tengo mucho que contarte.
—¿Cómo sabes dónde trabajo? —pregunto