Va hasta la puerta y la abre, girándose hacia mí con una sonrisa sarcástica en los labios.
—Vamos, Alice. No me hagas esperar —dice, con su actitud autoritaria, dándome un ultimátum.
El baño está un poco alejado del salón de fiestas, un largo pasillo que me parece interminable. Respiro hondo, intentando reunir valor, intentando prepararme para lo que está por venir.
—Vamos —respondo, resignada, entregándome a su destino.
Entonces, salgo delante, con la cabeza erguida, intentando mantener la