—Sabes — digo, con la voz más suave — no voy a hacer nada con tu padre. Por ahora. Pero eso es por la amistad que tienes con Alice.
—Gracias... — dice Fernanda, con la voz emocionada. — Pero, cambiando de tema, vas a necesitar a alguien para ayudar a Alice a cuidar la casa, ¿no?
—Estoy pensando — respondo, con la voz pensativa.
—Ah, deja eso — dice, con la voz animada. — La casa es enorme, y aún está Bruninho. Alice no va a poder con todo.
—Está bien — acepto, con la voz titubeante. — ¿A quién