Vuelvo al cuarto, y Davi está tumbado en la cama. Me mira y dice:
—Ven aquí, amor.
Voy hacia él, me tumbo y pongo mi cabeza en su pecho, abrazándolo.
—Amor —dice él, con la voz suave. —Perdona por lo de antes. Estaba celoso y perdí la noción de lo que estaba haciendo.
—Amor —digo, con la voz calmada. —No necesitas esa inseguridad. Sabes que solo tengo ojos para ti.
—Lo peor es que lo sé —confiesa él, con la voz arrepentida. —Pero mis celos hablan más alto.
—Celos posesivos, amor —digo, con la v