—Nadie me ha invitado a desayunar, pero como la casa sigue siendo de mi amiga, ¡me voy a sentar! —anunció Fernanda, apartando una silla y sirviéndose un pan de queso.
—¡Están en su casa, gente! —sonreí, verdaderamente feliz con esa casa llena. —¡La mesa es suya!
La cocina se convirtió en un desastre delicioso. El contraste entre la energía viva de los chicos del batallón y la cara agria de los padres de Fernanda era casi poético.
—Déjame que te sirvo, amorcito... —dijo Fernanda a Marcos, llenan