Se secó una lágrima del rostro y puso su mano grande y cálida en mi hombro, dándome un apretón fraterno.
—No se culpe, Dra. Camila. La enfermera jefe ya me lo ha contado todo. Usted luchó por mi nieto como si fuera su propio hijo. Le dio un puñetazo a la mujer que maltrató a mi hija y encaró a toda la dirección. Si no hubiera sido por usted, mi hija también estaría muerta ahora. Muchas gracias por haber sido una médica de verdad. Que Dios bendiga sus manos.
No pude responder. Solo asentí, traga