— ¡Ah, sí! Claro, señor Davi. Solo estábamos esperando su llegada. Pueden acompañarme, por favor —dice ella, con un tono de voz meloso que daría diabetes instantánea a cualquiera.
La comitiva entera hace ademán de avanzar por el pasillo, pero la recepcionista levanta su mano bien cuidada.
— ¡Ah, disculpen! Solo las personas que van a realizar la extracción y un único acompañante para el niño pueden entrar en la sala de procedimiento —avisa ella, pestañeando en mi dirección.
— Soy yo, el niño y