— ¡Dios mío! ¡Tranquilo, Bruninho! ¡Tranquilo, mi amor! —me arrodillo en el suelo, atrayéndolo hacia mis brazos despacio. — Respira... nadie te va a pegar. Solo ha sido la puerta que se ha cerrado con el viento. ¡Nadie te va a hacer daño aquí!
Voy meciendo al niñito en mi regazo, acariciando su espalda y susurrando palabras dulces hasta que su llanto va disminuyendo y se va calmando, agotado.
— ¿Qué bicho ponzoñoso ha mordido el culo de Davi para que salga como un loco? —pregunta Fernanda, conm