Dafne agarró la barandilla de la azotea, sintiendo un ardor intenso en la palma de su mano.
En ese momento, Hans extendió su mano hacia ella.
Dafne se quedó desconcertada y no tomó su mano de inmediato. Hans frunció el ceño y exclamó:
—¿En qué estás pensando? ¡Dame la mano!
Dafne levantó el otro brazo con dificultad. La firme y poderosa palma de la mano del hombre la agarró con firmeza. Al mismo tiempo, los demás colegas también acudieron en su ayuda y la levantaron rápidamente.
Después de un ac