Hans no se enfadó, sino que esbozó una sonrisa fría:
—Fui yo, Hans Rivera, quien la abandonó. Aunque la he dejado, nadie más es digno de tenerla excepto yo.
—No esperaba que fueras tan amable. Ella te traicionó cruelmente, pero tú …
Al escuchar eso, un destello peligroso apareció en los ojos de Hans. Sin embargo, sus palabras siguieron siendo corteses:
—Si ella se convierte en tu esposa, ¿cómo podré disfrutar torturándola?
César soltó una risa:
—Jajaja... Qué divertido... Ya que has propuesto un