CAPÍTULO DOS

ARIA

No emito ni un solo sonido mientras los guardias me arrastran afuera y comienzan a azotarme. Lo que Roman no sabe es que sus palabras me duelen mucho más que cualquier dolor físico.

Ni siquiera les importa que esté embarazada, y a mí me parece bien. Quizás así terminen el trabajo que yo había empezado antes.

El dolor me arrastra hacia una semiconsciencia, hacia mi nuevo infierno, donde las palabras del Alfa Roman se convierten en espinas que desgarran mi corazón.

Había dicho que Laura era su Luna elegida. ¡Mi propia hermanastra! ¿Cuánto tiempo llevaba esto ocurriendo a mis espaldas? Todo ese tiempo yo había creído que nos estábamos distanciando simplemente porque él tenía la cabeza en otros asuntos, pero en realidad estaba teniendo un romance con Laura.

Mi madrastra y mi hermanastra probablemente lo habían planeado todo desde el momento en que les conté que el Alfa y yo compartíamos un vínculo de pareja. Por eso Laura me había arrancado la garra. Pero claro, nadie creería las cosas tan retorcidas que Laura y su madre me hacían.

—Setenta y ocho… setenta y nueve… —va contando el guardia que me azota, mientras continúa golpeando a una mujer embarazada, resoplando por el esfuerzo que le exige cada latigazo.

Cierro los ojos. ¿Por qué no estoy muerta ya? Su látigo cae sobre mi ombligo, y un dolor agudo me atraviesa el cuerpo entero, concentrándose en mi vientre. Grito al sentir cómo mi útero se contrae de la manera más dolorosa. El bebé viene antes de tiempo, comprendo con alarma.

—Ayuda —susurro entre el dolor—. Mi embarazo… ¡el bebé!

Por el rabillo del ojo, veo a mi hermanastra entrar a la habitación, arreglada y bonita con un vestido elegante. —Así que al fin gritas —dice con una sonrisa burlona, acercándose a mí—. Creí que ibas a aguantar todos los latigazos sin quejarte.

Me estremezco de dolor mientras el útero me duele cada vez más. Me aferro a sus pies e intento mirarla a los ojos. —Por favor —le suplico, buscando en ella aunque sea una pizca de compasión—. Mi bebé… ¡el bebé está llegando!

—Está bien —me sorprende Laura al responder—. Guardias, suéltenla. El bebé viene en camino.

El Alfa Roman simplemente resopla con desdén. —Sigan azotándola. Que todo lo que tenga que ver con ella muera junto a ella. No quiero saber nada de ningún hijo manchado por su sangre.

Sus palabras me dejan sin aliento. Sé que me odia, y puedo entender ese odio si de verdad cree que maté a su hermano menor, pero decir algo así sobre su propio hijo… era algo inconcebible.

Sorprendentemente, es Laura quien vuelve a interceder por mí, con una voz suave y tierna que nunca antes le había escuchado. —Sé que es una asesina, Roman, pero el hijo que lleva en el vientre sigue siendo tuyo y correrá por sus venas tu sangre. Por favor, deja que tenga a ese bebé.

Para mi asombro, el corazón del Alfa Roman se ablandó al instante. —Está bien. Que venga una partera a ayudarla a dar a luz, pero en cuanto nazca el bebé, quiero que los azotes continúen. Todavía no ha sufrido lo suficiente, no lo suficiente para pagar por haber matado a Devon. Mil vidas de ella no equivaldrían a la vida de Devon.

Sus palabras llenas de odio son lo último que escucho antes de volver a caer en la semiconsciencia.

Siento cómo me elevan a una superficie más alta, me abren las piernas y me las levantan. Alguien me abofetea con fuerza y me ordena que puje, y uso todas mis fuerzas para pujar hasta sentir cómo el bebé sale de mí. Inhalo profundo y relajo los músculos, pero entonces recibo otra bofetada fuerte.

—¡Puja! Todavía hay otro bebé adentro.

Cierro los ojos, tenzo los músculos y pujé de nuevo, hasta dar a luz a mi segundo hijo.

Gemelos. Acabo de dar a luz a gemelos. Todo mi cuerpo duele por los latigazos y el dolor es insoportable, pero aun así, el milagro del parto me llena de una nueva esperanza que disipa algo de mi oscuridad. Quizás la diosa de la luna sea más bondadosa con estos bebés de lo que jamás lo fue conmigo. Quizás puedan tener una vida mejor.

En ese instante sé que lo daría todo por ellos. Daría mi vida por mis bebés, los colmaría de todo el amor que yo nunca recibí y les daría una vida mejor que mi triste existencia. En ese momento, sé lo que tengo que hacer.

Tengo que huir con mis bebés.

—¿Puedo cargar a mis bebés? Por favor, déjeme cargarlos —le susurro a la partera, pero ella simplemente ignora mi pregunta.

—Le voy a avisar al Alfa que terminé con usted, para que los azotes puedan continuar. Lo que hizo… es despreciable. ¿Cómo pudo matar al hermano del Alfa?

Me estremezco solo de pensar en que me azoten de nuevo, con el cuerpo todavía abierto y exhausto por el parto. La angustia me destroza el corazón, pero no le digo a la partera que yo no maté a

Devon. No tiene sentido. Nadie me creería ahora.

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