CAPÍTULO TRES

ARIA

Los azotes continúan. Ni siquiera se molestan en cubrirme un poco antes. Mi cuerpo no deja de convulsionarse de dolor, y grito de angustia.

Me siento completamente indefensa mientras los guardias tienen acceso a la parte más íntima de mi cuerpo, infligiéndome daño y riendo a veces ante mi sufrimiento.

Mi vagina todavía duele por haber dado a luz a dos hijos, y mis pechos hormiguean… Mis bebés. Necesito amamantarlos, pienso, pero el látigo sigue cayendo sobre mí, por todo el cuerpo, hasta que me retuerzo y me sacudo de dolor.

Lo que más me destroza el corazón es que Roman se queda ahí, mirándome, besando a Laura de vez en cuando mientras disfruta de mi dolor, con una sonrisa en los labios. El hecho de que el Alfa Roman permita que los guardias abusen de una mujer a quien una vez le importó me hace preguntarme en qué monstruo se ha convertido.

Por fin, el látigo deja de volar y el guardia lo suelta, dando un paso atrás.

—Alfa Roman, ya terminé de azotar a la mujer —dice con una voz ronca que delata el cansancio del esfuerzo—. Si quiere que sea castigada más, puedo llevársela al resto de mis guardias. Nos lo pasaríamos bien turnándonos con ella.

La garganta se me cierra al escuchar sus palabras. —Por favor, no —suplico con voz ahogada, imaginando a varios hombres sobre mí, haciéndome daño con su perversión cuando ya estaba destrozada. Casi le ruego a Roman que me mate, pero entonces pienso en mis gemelos. Necesito estar viva para proteger a mis bebés.

El Alfa Roman niega con la cabeza. —No tiene sentido entregársela a los guardias. Ya está medio muerta, no hay nada que disfrutar. Ahora no vale absolutamente nada.

Camina hacia mí y se agacha hasta que me encuentro mirando sus ojos azul oscuro, fríos como el hielo. Su mano se desliza entre mi cabello y apresa un puñado, inclinando mi cabeza hacia arriba con brusquedad. —No voy a matarte, Aria. Tu muerte sería demasiado fácil para lo que mereces. Te marcaré y te desterraré. Recordarás siempre este día, el día en que fuiste marcada para la perdición. Ningún clan te aceptará, y cada persona que se cruce en tu camino sabrá la clase de alimaña malvada que eres.

No comprendo del todo lo que dice hasta que sale y regresa cargando un metal al rojo vivo con la palabra ASESINA grabada en él.

—¡¡¡Nooooo!!! —comienzo a gritar antes incluso de que llegue hasta mí, pero los guardias se abalanzan sobre mí de inmediato, sujetándome los brazos y las piernas bien abiertos.

Uno de los guardias me arranca la ropa. —¿Dónde quiere que la marquemos? —le pregunta al Alfa Roman.

El Alfa Roman no responde. En cambio, levanta el metal ardiente y lo acerca a mi frente. Un alarido de agonía se desgarra en mi garganta al escuchar cómo mi propia carne chisporrotea. Sigo gritando hasta que la garganta se me queda tan ronca que ya no sale ningún sonido.

—Yo, el Alfa Roman Wayne, te destierro a ti, Aria Reynolds, del clan Bloodmoon. Tienes hasta mañana para marcharte. No se te volverá a ver dentro de este clan —dice Roman con una voz dura y gélida, y yo no respondo. No me queda ninguna fuerza. Me limito a mirar al vacío.

Debo de haberme quedado en un sueño semicomatoso, porque cuando despierto, el sol ya no está en el cielo y la luna ha salido. Me pongo en pie y caminé con dificultad, pero pronto descubro que la sala principal de la casa del clan está vacía y las puertas están abiertas.

¡Mis bebés! Pienso de inmediato. Necesito encontrar a mis bebés y huir con ellos. Cada paso que doy duele, no solo por el parto, sino también por los azotes, pero sigo adelante, caminando hacia la casa principal del Alfa Roman.

La casa de Roman parece en silencio cuando llego. Me dirijo de inmediato a la parte trasera. Hay una entrada que lleva a la cocina, y si tengo suerte, desde allí podré llegar a la habitación que él dijo una vez que quería usar como cuarto de los niños.

Giro el pomo y entro a la cocina. El aroma de pollo recién asado me llena las fosas nasales, recordándome que no he comido nada en todo el día, y mi estómago reacciona con un retortijón, pero ignoro el hambre y sigo adelante.

La puerta de la cocina da a un pasillo que lleva al cuarto de los niños, pero me detengo en seco.

Justo frente a mí está Laura, mirándome con sorpresa y asombro.

Se recupera rápidamente y me mira de arriba abajo con una sonrisa satisfecha. —Qué patética te ves. Mira en lo que te has convertido, y todo porque creíste que podías ser mejor que yo.

Nunca estuve compitiendo con ella en ningún sentido, pero claro, ella no lo verá así. Laura y su madre viven en su propia burbuja, y nada de lo que diga las convencerá jamás de que están equivocadas.

—Laura, por favor, déjame llevarme a mis bebés y te prometo que me iré. No volverás a verme —digo en cambio.

Ella resopla con desdén. —El hecho de que todavía exijas cosas demuestra que no entiendes que tu vida se acabó. Todo lo que alguna vez amaste te ha sido arrebatado: tu compañero, tu clan, tus hijos.

Niego con la cabeza. —¿Por qué me odias tanto, Laura?

—¡Porque él te amaba más a ti que a nosotras! —exclamó—. Desde que mi madre se casó con tu padre, siempre fue mi princesita Aria esto, y mi adorada Aria lo otro. ¡Nunca habló así de mí! Por eso lo maté.

La miro fijamente, conmocionada, mientras sus palabras despiertan un dolor olvidado dentro de mí. ¡Laura había matado a mi padre! Y todo porque él me amaba a mí, su propia hija, más que a una extraña que acababa de conocer. Seguramente ella también había matado a Devon. No me detengo a reflexionar sobre esto, pues sé que tengo poco tiempo antes de que Roman me encuentre en su casa y entonces no habrá esperanza de recuperar a los gemelos.

—Estoy segura de que tienes razones justificadas para todo lo que has hecho —me obligo a decir—. Por favor, solo dame a los gemelos. Créeme, no querrías cargar con la responsabilidad de criarlos. Criar bebés puede ser muy agotador…

—Ah, pero yo quería criarlos. Así Roman ya tendrá su heredero y no me presionará para que arruine mi figura quedándome embarazada.

—Laura, por favor…

—Están muertos —me interrumpe—. Los gemelos están muertos. Creo que murieron de hambre o algo así. Deberías haber amamantado a tus hijos en cuanto los pariste, pero como eres tan egoísta, preferiste echarte una siesta primero.

La miro fijamente, conmocionada y angustiada, pero dentro de mí siento cómo la rabia y la furia van creciendo. Cada cosa que me ha ocurrido siempre pensé que de algún modo la merecía, pero esto… mis bebés eran inocentes, ellos nunca merecieron morir.

—¿Dónde están mis bebés, Laura? —pregunto, mientras la rabia me da valor.

Ella sonríe con suficiencia. —Sal de mi propiedad, asesina, antes de que llame a Roman y le pida que te mande al más allá donde están los gemelos. —Y dándose la vuelta, se pavonea fuera de la cocina sin la menor preocupación. Sabe que estoy débil e impotente, y que no tengo a nadie de mi lado.

Pero no será por mucho tiempo, me prometo con rabia, mientras la ira y la angustia me llenan los ojos de lágrimas.

Soporté cada una de las cosas que me hicieron, pero Roman y Laura tuvieron que extender su crueldad a mis bebés inocentes. Todo es culpa de Roman, comprendo mientras más lágrimas inundan mi corazón. Era mi compañero, y aun así eligió creerle a mi malvada hermanastra antes que a mí. Me rechazó, luego me arrebató a mis propios hijos, y por eso, los niños habían muerto. Ahora mis hijos se han ido, dejándome sin ninguna razón para seguir viviendo… bueno, sin ninguna razón excepto una: la venganza.

—Luna, escucha mi voz —juro con dolor—. No me des descanso hasta que haya vengado la muerte de mis bebés, hasta que haga sufrir a Roman tanto como él me ha hecho sufrir a mí.

Me doy la vuelta y me marcho. Si me encuentran en la casa del Alfa Roman después del destierro, me mata rán. Y no puedo permitirme morir ahora. No. Primero debo tener mi venganza.

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