Capítulo 3

Capítulo 3

Mientras aquella lujosa fiesta continuaba envuelta en risas y luces deslumbrantes, en otro lugar una mujer permanecía sentada sola en la sala de espera de la terminal de salidas.

Catrine abrazaba el pequeño bolso que descansaba sobre su regazo.

El aeropuerto estaba abarrotado aquella noche. La gente iba y venía sin descanso. Los anuncios de los vuelos resonaban constantemente por los altavoces.

Lo normal habría sido que Catrine estuviera ocupada revisando sus pertenencias para asegurarse de que no olvidaba nada.

Sin embargo, permanecía inmóvil.

Su mirada estaba vacía.

Durante la última hora, su teléfono no había dejado de vibrar. El mismo nombre aparecía una y otra vez en la pantalla.

Frans.

Catrine no tenía la menor intención de responder sus llamadas.

En lugar de eso, apagó el teléfono.

Un segundo después, la pantalla quedó completamente oscura.

Tan oscura como la esperanza que había conservado durante todos esos años.

Las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo finalmente comenzaron a caer.

Tres años no eran poco tiempo.

Tres años amando a alguien que nunca llegó a verla de verdad.

Durante todo ese tiempo había vivido bajo la sombra de otra mujer.

Catrine bajó la cabeza.

Sentía el pecho oprimido.

Terriblemente oprimido.

Aquella noche debería haber sido una noche normal.

Como cualquier otra.

Frans la llamaba y ella acudía.

Todo lo que él pedía, ella lo hacía.

Siempre había sido así.

Hasta aquella mañana, cuando un paquete llegó a su apartamento.

Dentro se encontraba el vestido que Frans había escogido para ella.

Era hermoso.

Un vestido que probablemente habría hecho feliz a cualquier mujer.

Pero cuando lo vio...

Catrine rompió a llorar.

Porque, de repente, comprendió algo.

Incluso para asistir a una fiesta, Frans seguía decidiendo cómo debía vestir.

Cómo debía presentarse.

Cómo debía convertirse en la mujer que él deseaba.

Y no en ella misma.

Catrine ya estaba acostumbrada a todo aquello.

Pero lo que más le dolía era que Frans nunca la había elegido.

Y jamás lo haría.

En ese momento, su teléfono volvió a vibrar.

Era un mensaje de una conocida.

«Kania ya ha regresado a Valencia.»

Solo una frase.

Pero fue suficiente para derrumbar todas sus defensas.

Kania había regresado.

La mujer que siempre había vivido en el corazón de Frans.

La mujer cuyo regreso él había esperado durante años.

Cuando leyó aquel mensaje, Catrine permaneció sentada en silencio.

Pasaron varios minutos.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa que dolía mucho más que cualquier lágrima.

Porque, por primera vez, dejó de mentirse a sí misma.

Sus manos temblaron mientras sacaba un sobre blanco de su bolso.

Era el resultado de unos análisis médicos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al leer las palabras impresas en el documento.

Embarazo positivo.

Sus labios comenzaron a temblar.

Y el llanto que llevaba tanto tiempo reprimiendo terminó por estallar.

Se cubrió la boca para evitar hacer ruido, pero sus hombros continuaron sacudiéndose sin control.

—Lo siento... —sollozó en voz baja.

No sabía a quién iba dirigida aquella disculpa.

Si a ella misma.

O al bebé que crecía en su vientre.

—De verdad intenté resistir.

Las lágrimas cayeron sobre el informe médico.

—Lo intenté con todas mis fuerzas.

Pero estaba cansada.

Muy cansada.

Ninguna mujer puede vivir eternamente siendo la segunda opción.

Ninguna mujer es capaz de esperar para siempre a alguien cuyo corazón pertenece a otra persona.

Y aquella noche, con el regreso de Kania, Catrine finalmente lo comprendió.

Nunca había tenido un lugar en ese corazón.

Lentamente, llevó una mano hasta su vientre.

Su llanto se hizo aún más intenso.

—A partir de ahora...

Su voz apenas era audible.

—Solo estaremos nosotros dos.

No más esperas inútiles.

No más esperanzas destinadas a terminar en decepción.

La llamada de embarque comenzó a escucharse por los altavoces.

Catrine se secó las lágrimas.

Se puso de pie lentamente.

Las piernas le temblaban.

Pero no se detuvo.

Porque sabía que, si no se marchaba aquella noche, jamás volvería a reunir el valor necesario para hacerlo.

Por última vez, giró la cabeza hacia los enormes ventanales del aeropuerto.

Hacia la ciudad que guardaba tantos recuerdos.

La ciudad donde seguía estando el hombre al que amaba.

Quizá ahora mismo estaba con Kania.

Quizá estaba sonriendo.

Quizá ni siquiera se había dado cuenta de que ella se había marchado.

Una última lágrima descendió por la comisura de su ojo.

—Me rindo, Frans.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

Una sonrisa frágil.

La sonrisa de alguien cuyo corazón había quedado reducido a pedazos.

—De verdad me rindo contigo.

Me rindo de amarte.

Entonces Catrine se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de embarque.

Sin saber que, muy lejos de allí...

Un hombre llamado Frans estaba empezando a perder algo que siempre había creído que permanecería a su lado para siempre.

Al mismo tiempo, en aquel lujoso salón lleno de luces y risas, Frans comenzaba a perder la paciencia.

—¿La has encontrado? —preguntó con frialdad.

Leon, que acababa de regresar, pareció dudar antes de responder.

La expresión de su asistente era extraña.

Como si acabara de descubrir algo que jamás debería haber encontrado.

—Leon.

La voz de Frans descendió varios grados.

—No me gusta repetir mis preguntas.

Leon tragó saliva.

Luego le entregó un sobre marrón que acababa de recoger en el apartamento de Catrine.

—Lo siento, señor...

Frans frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

Leon no respondió de inmediato.

Su mirada se volvió aún más difícil de interpretar.

—El apartamento de la señorita Catrine está vacío.

Aquella frase hizo que Frans se quedara inmóvil.

Por primera vez en toda la noche.

Completamente inmóvil.

—¿Vacío? —repitió.

—Todas sus pertenencias han desaparecido.

La mandíbula de Frans se tensó al instante.

—Eso es imposible.

Porque Catrine nunca se iba.

Nunca.

Leon guardó silencio durante unos segundos.

Luego pronunció las siguientes palabras.

Las palabras que hicieron que el corazón de Frans pareciera detenerse.

—Y encontré esto en la papelera de la habitación de la señorita Catrine.

La mirada de Frans descendió hasta el sobre que sostenía entre las manos.

Por alguna razón, aquella sensación de incomodidad que lo había estado atormentando durante toda la noche se transformó de repente en algo mucho peor.

Algo que ni siquiera podía explicar.

Lentamente, abrió el sobre.

Y en el instante en que sus ojos se posaron sobre el contenido que había dentro, el rostro de Frans cambió por completo.

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