Capítulo 4

Capítulo 4

Dentro del sobre marrón estaba el vestido de noche que Frans había elegido para Catrine aquella misma mañana. El hermoso vestido que debía ceñirse al cuerpo de la mujer esa noche. Sin embargo, no había sido simplemente desechado. La delicada seda había sido cortada en dos justo a la altura del pecho, dejando un desgarrón tosco y desolador.

Sobre los restos de la tela descansaba una pequeña nota, salpicada de manchas de agua ya secas.

Solo contenía una frase, escrita con la temblorosa caligrafía de Catrine.

"Esta noche te devuelvo la muñeca que moldeaste durante todo este tiempo. Felicidades por haber recuperado a la dueña de tu corazón."

Frans apretó el papel hasta arrugarlo por completo dentro de su puño. Su respiración se volvió agitada. Sus ojos, normalmente serenos, destellaban una furia incontenible mezclada con una emoción desconocida para él. El pánico lo había invadido.

—Encuéntrenla —ordenó entre dientes, con la voz temblando por la rabia contenida—. Movilicen a todo el mundo. Revisen las estaciones, los puertos, el aeropuerto...

—¡Frans!

Una suave voz femenina lo interrumpió desde atrás.

Frans se sobresaltó.

En el umbral del salón de baile estaba Kania. Lucía elegante con un vestido blanco y le dedicaba una dulce sonrisa a Frans, la misma sonrisa que él había esperado durante los últimos tres años.

—¿Dónde estabas? Todos te están buscando. La ceremonia principal está a punto de comenzar —dijo Kania mientras se acercaba para tomarlo del brazo.

Pero, por primera vez en su vida, Frans retiró el brazo por reflejo antes de que ella pudiera tocarlo.

Kania se quedó inmóvil, observándolo con absoluta incredulidad.

Frans ni siquiera la miró. Toda su atención estaba puesta en Leon.

—¿Por qué sigues aquí parado? ¡Busca a Catrine ahora mismo!

—¡Sí, señor!

Leon se dio la vuelta de inmediato y salió corriendo del salón.

—¿Frans? ¿Qué ocurre? ¿A quién estás buscando? —preguntó Kania, dejando entrever un evidente desagrado en su voz—. Esta es mi noche de bienvenida. Me prometiste que esta noche sería solo para mí.

Frans no respondió.

De repente, una fuerte jaqueca le atravesó la cabeza.

Su mente comenzó a repasar el comportamiento de Catrine durante los últimos días.

La Catrine silenciosa.

La Catrine que lo miraba con una tristeza infinita.

Y la Catrine que la noche anterior lo había abrazado con tanta fuerza, como si aquel fuera el último abrazo de su vida.

"¿Por qué no me di cuenta antes?"

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó el teléfono y volvió a marcar el número de Catrine.

"El número al que llama se encuentra apagado o fuera de servicio..."

—¡Maldita sea! —rugió Frans.

El exabrupto hizo que Kania retrocediera sobresaltada.

Un hombre tan frío, elegante y autoritario como Frans jamás perdía los estribos de aquella manera en público.

Sin volver a prestarle atención a Kania, salió del lujoso salón a grandes zancadas, ignorando las miradas desconcertadas de los invitados y los desesperados llamados de la mujer.

En ese momento solo había un nombre ocupando su mente.

Catrine.

Ella no podía marcharse.

Catrine le pertenecía.

Y debía permanecer a su lado para siempre.

En ese mismo instante, un estruendo sacudió el cielo nocturno de la ciudad.

Una intensa lluvia comenzó a golpear los enormes ventanales del aeropuerto.

Catrine acababa de entregar su tarjeta de embarque al personal de la puerta de salida.

Tras recibir una amable sonrisa y la autorización para pasar, avanzó por la manga de embarque, dispuesta a subir al avión que la llevaría muy lejos, al otro lado del continente.

Instintivamente volvió a posar una mano sobre su vientre aún plano.

—Vamos a empezar una nueva vida, mi amor... —susurró con dulzura, tratando de darse fuerzas a sí misma.

Mientras tanto, Leon corría por el silencioso pasillo que conducía al estacionamiento cuando su teléfono comenzó a vibrar.

Había recibido un mensaje de uno de sus hombres, encargado de rastrear el manifiesto de los vuelos que salían de la ciudad aquella noche.

Leon abrió el mensaje.

Sus ojos se abrieron de par en par al leer la información.

No era únicamente el destino de Catrine lo que hizo que su corazón latiera con violencia.

También había un documento médico digital adjunto, recuperado del sistema de seguros del apartamento de Catrine, al que el equipo de informática acababa de acceder. Era un archivo que Catrine había dejado deliberadamente en su historial médico local antes de eliminarlo.

Con las manos temblorosas, Leon marcó de inmediato el número de Frans.

Al otro lado de la línea, Frans acababa de subir a su coche, respirando con dificultad.

Respondió al instante.

—¡Dime que ya sabes dónde está, Leon! —exigió con impaciencia.

—Señor Frans... —La voz de Leon se quebró por el miedo—. La señorita Catrine... está en el Aeropuerto Internacional. Su vuelo despega dentro de diez minutos.

Frans encendió el motor de inmediato.

—Iré ahora mismo...

—Eso no es todo, señor —lo interrumpió Leon, con la voz temblando intensamente—. Usted... tiene que ver el documento que acabo de enviarle al teléfono. Es sobre la señorita Catrine.

Frans frunció el ceño.

Con la mano izquierda tomó el móvil y abrió la imagen que Leon acababa de enviarle.

Bajo la tenue luz del tablero del automóvil, sus ojos se clavaron en la pantalla.

En ese mismo instante, sintió que toda la sangre abandonaba su cuerpo.

La respiración se le cortó.

Sus dedos soltaron el volante sin darse cuenta.

En la pantalla aparecía claramente un informe médico del Hospital Central, con el nombre de Catrine y los resultados de laboratorio impresos en negrita.

Pero no fue la palabra «POSITIVO» la que hizo que el mundo de Frans se derrumbara en un instante.

Fue la pequeña anotación escrita por la médica especialista al final del informe, donde diagnosticaba que el feto se encontraba en estado crítico debido al intenso estrés sufrido por la madre.

Frans leyó aquella última línea con los ojos desorbitados por el horror.

Y, justo en ese instante, un relámpago rasgó el cielo nocturno.

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