El sonido sordo de los puños contra la carne retumbó por toda la sala. Una omega no podría resistir el asalto de un hombre lobo.
Los lamentos de Serafina se fueron fragmentando poco a poco. Convulsionaba como un pez deshidratado luchando por agua, con el rostro cubierto de mocos y lágrimas.
—Lo siento, señor Marcos... solo soy una omega sin padres. Tenía tantas ganas de tener una familia que dije esas mentiras.
De repente, agarró el pantalón de mi padre y se golpeó la frente contra el suelo con