—¡Damián, no te vayas!
El repentino grito de Serafina rompió el ruido de la fiesta como un cristal hecho añicos.
Para impedir que Damián se marchara, ella se tropezó deliberadamente y estrelló su herida apenas cicatrizada contra la esquina de la mesa. La herida que casi se había cerrado se abrió de nuevo, provocando que la sangre fluyera. Sin embargo, de forma obstinada, extendió la mano hacia la figura de Damián que se alejaba.
La multitud se apartó como una marea, dejando solo el claro sonido