POV de Adriana
El rugido del motor llenaba el silencio tenso dentro del auto. Diego conducía con una mano en el volante, la otra aún envuelta en sangre—no la suya, sino la de Montoya. Sus nudillos estaban blancos de lo fuerte que apretaba el volante.
Yo mantenía la vista en la carretera, aunque mi mente estaba en todo menos en el camino.
Montoya había caído en la trampa de Diego, pero eso no significaba que la guerra hubiera terminado.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Diego de repente, su voz