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La tensión en la sala de juntas era palpable, un peso familiar que oprimía mi pecho cada vez que mi abuela, Ivanka Rodríguez, tomaba su lugar en la cabecera de la larga mesa de caoba. Su presencia, como siempre, era imponente; su mirada afilada recorría la habitación, retando a cualquiera a cuestionar su autoridad. Hoy no solo estábamos reunidos para discutir la estrategia empresarial, sino también para presenciar la presentación formal de mi medio hermano, Robert, como jefe de nuestras operacio