Los días en el castillo transcurrieron con una mezcla de alegría y melancolía. Amaris y Ben, junto con la familia real, se dedicaron a criar a los recién nacidos, encontrando en su risa y en sus pequeños gestos una fuente renovada de amor y consuelo. Cada rincón del castillo resonaba con la presencia de los niños, llenando los espacios que la pérdida de Lexi había dejado atrás.
En las noches estrelladas, Amaris y Ben llevaban a los pequeños a una torre alta del castillo. Miraban juntos el cielo