A Linus lo trajeron con escolta armada y una sonrisa de mal gusto que erizó la piel de Amaris. Aunque su aspecto daba la impresión de estar ligeramente trastornado, Amaris sabía que, en el fondo, su vil mente era tan aguda y depravada como siempre.
Se encogió de hombros y apartó a los guardias con rabia cuando le colocaron en el estrado y les miró con desprecio.
‘Cuando acabe esta farsa, me llevaré sus cabezas, acuerdense de lo que les digo', siseó con maldad mientras se alejaban sin mirar atr