Disfruté aquella cacería como pocas. No sólo porque mi cadera había dejado de molestarme, y al fin podía correr y saltar cuanto quería. Pasar la noche en el bosque con los míos, nuestra naturaleza exaltada por la luna, me insuflaba una vitalidad nueva, especialmente porque sabía que al volver a casa, Risa me esperaba para ofrecerme en sus brazos el sosiego y el descanso que precisaría.
Los imprimados nos entregamos en cuerpo y alma a la caza, mientras los solteros se entretenían entre ellos en