19

Me agaché frente a ella y apoyé una mano en su pelo. Se inmovilizó, hundiendo la cabeza entre los hombros. Quería cerciorarme de que mi simiente no le hacía daño. Ya habían pasado suficientes horas para que hubiéramos advertido cualquier efecto adverso.

—¿Cómo te sientes? —inquirí—. ¿Tienes algún dolor, ardor, incomodidad?

—No, mi señor lobo.

—¿Estás segura?

—Sí, mi señor.

—Siéntate —le dije, ahogando un suspiro de alivio.

Me arrodillé en el jergón fr

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