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Me senté junto a ella en el jergón y la hice girarse para que me enfrentara. Tuve que respirar hondo para contener mi impulso de arrancarle la venda de los ojos. Era tan injusto, me hacía sentir que me aprovechaba de lo precario de su situación para imponerle mi voluntad.

Paso a paso, me recordé. Y decidí que lo mejor era comenzar por el principio.

—¿Sabes por qué las muchachas de la aldea pueden casarse a partir de los quince años, pero no pueden ser elegidas para venir con nos

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Maria M Torrescuando dice menear la cabeza nunca se si es diciendo que no o diciendo que si.
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