Al bajar las escaleras, Daniel nos vio a Sofía y a mí recuperando nuestra cercanía habitual.
Se sorprendió por un momento: —Sofía...
Sofía permaneció en silencio. La miré con curiosidad.
Sofía se acercó a mi oído y susurró: —Si le digo a papá por qué no hablaba, seguro pensará que soy tonta.
Para evitar que su padre la menospreciara, había decidido no hablarle. No pude evitar sonreír al entender su pequeña preocupación. Sofía me amenazó con su vocecita infantil:
—¡Mamá, no puedes decirle nada a