La noche avanzaba cada vez más. El bullicio que hacía unos momentos llenaba la casa se fue desvaneciendo poco a poco, dejando tras de sí un espeso silencio. Desde la ventana de cristal de la habitación, el resplandor de las luces del jardín se filtraba al interior, proyectando sombras rígidas sobre el suelo.
En el amplio despacho del primer piso, Liam permanecía de pie junto al escritorio de madera. Un teléfono negro seguía pegado a su oído derecho.
—Juan, asegúrate de que mañana Claudine no lo