—¡No estaba dormida!
Isabella gritó de repente mientras se incorporaba de golpe sobre la cama. La manta resbaló de sus hombros.
Liam, que permanecía de espaldas a ella con los dedos aún sobre la hebilla del cinturón, no mostró la menor sorpresa.
Simplemente detuvo su movimiento por un instante antes de girarse con toda tranquilidad. Su mirada serena se clavó en el rostro de Isabella, que había enrojecido intensamente hasta las orejas.
—¡T-tenía sed! —exclamó Isabella con nerviosismo; su voz hab