Liam cruzó la puerta del comedor. El delicioso aroma del caldo de carne y el dulce perfume de un pastel recién horneado lo recibieron de inmediato en aquella estancia iluminada por una cálida luz amarilla.
Todos estaban ya sentados alrededor de la larga mesa de madera, cubierta con una hilera de platos, tazones y copas de cristal.
En cuanto Carmen escuchó sus pasos, enderezó la espalda y levantó la mirada.
—¿Y Juan? —preguntó mientras dirigía la vista detrás de Liam.
—Se fue directo a casa, Abu