Mía miró la silueta del hombre a través del vidrio traslúcido y tuvo que tragar de nuevo sintiendo como su cuerpo se inundaba de calor y deseo, queriendo deslizar sus dedos por su duro cuerpo e intentó abrir la puerta, pero descubrió la manija no se movía y el agua se detuvo.
— ¿Necesitas entrar? Siempre cierro la puerta por costumbre, pero puedo abrir. — Dijo Dante, ajeno a lo que la pequeña mujer pretendía.
Al escuchar esto el corazón de ella se detuvo por un instante, solo para latir