El sol de California caía sobre el Memorial Auditorium de Stanford con la generosidad descuidada de quien no sabe que está siendo hermoso, y Karla llevaba cuarenta minutos buscando a su hija entre un mar de birretes negros que se movían como una marea despeinada y feliz.
La encontró en la tercera fila desde el frente —reconoció la postura antes que el rostro, esa manera particular de Rubi de inclinar el cuerpo hacia adelante cuando estaba emocionada, como si su entusiasmo fuera demasiado grande