Giselle Ashford había huido de su casa en Sussex, Inglaterra, apenas dos días después de cumplir dieciocho años. Había soñado con esa huida durante años, desde que su madre le había escupido aquellas palabras como si fueran veneno: «Eres una puta. Nunca llegarás al cielo si no cambias de vida».
El cielo. Giselle nunca lo había querido. No de verdad. Para ella, el cielo era el destello de las suelas rojas de un par de Louboutins, el burbujeo del champán que costaba más de lo que gana un estadoun