Esa tarde, el pequeño departamento de Isabella se sentía más acogedor que de costumbre. La luz dorada del atardecer aún se filtraba por la ventana de la sala, dibujando patrones luminosos sobre el pulido piso de madera. Las delgadas cortinas de color crema permanecían entreabiertas, dejando pasar la iluminación justa. El ambiente en el interior respiraba paz y confort, impregnado por el sutil aroma del té de manzanilla que aún flotaba en el aire.
Isabella continuaba sentada en el sofá de la sal