Esa mañana, la residencia de Christian y Bella se percibía más tranquila que de costumbre.
La luz del sol matutino se filtraba por la ventana del salón, proyectando un encaje de destellos sobre el piso de madera reluciente. Los pájaros trinaban con alborozo en el jardín posterior, mientras una brisa fresca soplaba trayendo consigo la fragancia de las flores en pleno esplendor. La atmósfera en la casa debía transmitir calidez y sosiego; sin embargo, una opresiva inquietud comenzaba a instalarse