Algunos días después, Rebecca regresó a Seattle, enfrentando uno de los momentos más difíciles de su vida. Una parte de su corazón clama que algo está mal, mientras que las amenazas públicas de Alex la hacen temer. Incluso si eso significa seguir mintiendo sobre la existencia de los hijos, su lado racional prevalece. Ella suspira, con el corazón latiendo fuerte, y toca el timbre.
– ¿Qué haces aquí? – Pregunta Samantha, sorprendida al abrir la puerta.
– Sé que mi rostro es el último que quieres