OLIVIA.
Intentaba entender qué sucedió.
Como una ola o un río crecido, fue inevitable dejarse arrastrar.
Ambos quedamos destruidos, porque ambos teníamos nuestros propios cansancios.
Unimos nuestros cuerpos una vez más y aún seguíamos allí, yacientes, dejando que la brasa poco a poco se calmara.
Él se movió para mirarme, estando encima de mí.
Y así lo hicimos. Me encontré de repente de nuevo atrapada dentro de su potente mirada.
Con sus manos, con sus varoniles dedos, acarició mi rosto, mi boc