—Pues sí. —Hice una pausa para pensar en eso, porque la verdad era que todavía no había medido bien mi asombro—. Me pidió que nos viéramos aquí. —Bajé la cabeza con pena.
—¿Qué…? —Abrió la boca de par en par y se colocó las manos sobre sus labios—. Ay Dios, y yo los interrumpí —dijo debajo de sus palmas.
Me eché a reír.
—No, chica, para nada. No te sientas mal por eso. Si quiere decirme algo importante, que se espere.
Ella entrecerró los ojos y negó con su cabeza.
—Serás tan mala…
Ahora éramos