—Ah no, ya yo sé lo que te pasa. Es hambre, ¿cierto? Que yo recuerde, el hambre te pone de mal humor.
—Sí, eso es, tengo mucha hambre —concordé, intentando no sonar fingido, aunque sí tenía hambre, aún no habíamos almorzado.
—Yo también tengo ganas de comer. Tienes razón, esto pone a quien sea de mal humor, pero no la pagues conmigo, ¿ok? —Pareció ser un regaño, pero estaba sonriendo.
La dependienta regresó.
—Esos le quedan perfecto. —Señaló los zapatos que la bromista de mi prima se medía—.