Capítulo 107. La mano de la venganza.
El aire polvoriento del viejo galpón se aferró a la garganta de Alexander cuando él y su tío Piero entraron, sus pasos resonando en el espacio cavernoso que una vez resonó con las órdenes de su padre Enzo Ferrer.
La tensión lo envolvía como las pesadas cadenas que suspendían al desgraciado de las vigas. Era el momento de rendir cuentas.
—¡Desgraciado! —rugió Alexander, arremetiendo contra uno de los hombres que secuestró a su mujer.
Sin dudarlo ni un segundo, su puño impactó en el estómago del