Ambar
La soledad del departamento parecía más abrumadora de lo habitual esa noche. Estaba acostumbrándome, o al menos eso me repetía a mí misma. Desde que Axel se había marchado, el silencio era mi única compañía. El eco de los recuerdos de lo que habíamos sido resonaba en cada rincón. Y, por supuesto, el pequeño ser dentro de mí, que cada día crecía más, no me dejaba olvidar que, a pesar de todo, seguía conectada a él, aunque no quisiera.
Estaba sentada en el sofá, mirando la pantalla del tele