—¿Cómo que no está en su habitación? —mi voz sonaba desesperada, aguda, mientras agarraba del brazo a la enfermera más cercana—. ¡Axel no está!
La enfermera trató de calmarme con palabras suaves, pero no podía procesar lo que decía. Mi mente estaba en caos. Todo lo que podía imaginar era a Axel, inconsciente y vulnerable, perdido en algún lugar del hospital.
—Señorita, por favor, cálmese. Vamos a buscarlo. No tenía ningún estudio programado, debería estar en su habitación —me dijo con voz tranq